35730660-1 Alas de agua: Capítulo 2 (Parte IV)

23 de diciembre de 2012

Capítulo 2 (Parte IV)

Sam

Rápidamente adopto la pose que me caracteriza de tío-súper-popular-y-pícaro-que-pasa-de-todo. Entonces ella se da cuenta de que he recuperado la conciencia y empieza a hablar.
-¡Oh! Te has despertado, por fin. –me dice ella preocupada.– De verdad, ¡lo siento mucho! Yo... estaba paseando y... y me perdí... y llovía... y me asustaste... y... ¡Lo siento, de veras!
-¡Para el carro, chica! –le respondo zafándome de sus brazos que me habían sujetado sobre sus rodillas hasta ese instante.– ¿Puedo saber que diablos hacías en mi casa? Seguro que intentabas robar o algo así. Pues que sepas que...
-¡¿Pero que dices ahora, subnormal?! –me responde enfadada y gritando. Vaya, que cambios de humor más raros tiene la tía esta, pienso.– Yo solo estaba esperando a que viniera mi abuelo José, pero como no respondía nadie al timbre me puse a pasear alrededor. ¿Acaso eso es un delito, eh? Y tú que ¿eh?
-¡¿Cómo que subnormal?! –le contesto ya fuera de mis casillas y me levanto del suelo para ponerme a su altura.– ¡Pues que sepas que José es mi abuelo, ésta es mi casa y tú no pintas nada aquí! Además, ¡¿qué clase de persona se va a pasear, se pierde y ataca a su salvador?! ¿Eh? Dime, dime... ¡niña torpe!
-¡¿Niña torpe?! -¡dios mío! Que cara más diabólica que tiene ahora, parece que le salga fuego de los ojos. Y lo que dijo a continuación me dejo sin respuestas ingeniosas, a mí, que siempre tengo alguna preparada para responder a cualquiera.– ¡Pues que sepas que mis supuestos padres me han dejado sola porque se han ido a Nueva York y me han endiñado al primero que dijo que era familiar! Yo... yo... –proseguía la chica comenzando a llorar de nuevo con gran pena. Ver a una chica llorar me destroza por dentro. No lo soporto, no sé que decir.– Yo solo quería llevar una vida normal, pero me lo han arrebatado todo... ¡Todo! ¡¿Y tú vas y me dices que yo no pinto nada aquí?! 
-Yo... no quería... –ahora me arrepiento de todas y cada una de las horribles palabras que le he dicho. Ella solo quería disculparse por el “accidente” y yo como un idiota la llamo niña torpe. Me pongo nervioso y me acerco a ella intentando enmendar mi error. Pero ella lo malinterpreta de algún modo, retrocede y... 
¡Schoooof! 
Cae al agua del lago sin remedio, mojándose todavía más de lo que ya estada.
Alargo mi mano para coger la suya y ayudarla a salir del frío lago. Me fijo en sus verdes ojos, ya no hay furia en ellos, solo un toque de tristeza, frustración y timidez que se mezclan en una receta perfecta que me atrae irremediablemente hacia ellos. Me acerco, más y más a ellos y... ¡ah! Me caigo por culpa del malito y resbaladizo musgo. ¡Genial! ¿Cómo me he podido que dar tan embobado hasta el punto de que yo, con los veloces reflejos que poseo, me he caído al lago? Suspirando y resignado a oír de nuevo reprimendas e insultos por parte de la chica, la miro de nuevo. Y me doy cuenta de lo que vería cualquiera que mirara nuestra posición y aspecto. 
Ella con marcas de haber llorado en la cara, medio incorporada gracias a un brazo, con agua hasta el ombligo, completamente mojada por la lluvia (eso hacia que tanto su pelo como su ropa se le pegara al cuerpo), con ese vestido que transparentaba todo y no dejaba demasiado a la imaginación y con la otra mano apoyada sobre mi hombro.
 Yo con el agua por las rodillas, sobre ella (una mano al lado de su cara, encima de las rocas, para aguantar mi peso y la otra en su cadera para evitar que se cayera), mirándola a los ojos y, obviamente, empapado a más no poder (y, si, mi ropa también se me pegaba al cuerpo y mi camiseta poco dejaba a la imaginación). 
Ya me ves a mí, el más pícaro del instituto y al que cada tres días se le declara una tía, inmóvil sin saber que hacer ni que decir. 
-¡Atchús! -¡madre mía! De todo lo que podría haber dicho, hecho o pensado voy y ¡estornudo! Me giro y la miro muerto de la vergüenza, para ver como reacciona.
-Ja, ja, ja, ja, ja.... ¡Dios mío! Ja, ja, ja... –me quedo parado. Solo la conozco desde hace dos o tres minutos y ya me ha mostrado miedo, tristeza, frustración, desconfianza, furia, indiferencia y felicidad. Ella continua riéndose mientras nos levantamos; es la risa más dulce y cálida que he oído nunca. Noto como esa calidez me envuelve. Y, como en sintonía con su estado de ánimo, la lluvia cesa y los rayos de luz se abren camino por entre las nubes.– Ja, ja, ja... Bueno vamonos a casa. ¿Una tregua? –me dice con una sonrisa y tendiéndome su mano en señal de paz.
-Está bien. Vamos a casa, yo te indico el camino. –le respondo tomándole la mano y utilizando mi flequillo (que solía llevar hacia atrás, fuera de la cara, pero que la anterior lluvia se había empeñado en mantener pegado a la frente) y las sombras del bosque para ocultar el ligero sonrojo que me cubre la cara.
-Vale... ¡Auch! –se queja. Me fijo en que se masajea con cara de dolor el tobillo derecho, parece que tiene una herida y cuando camina le duele. Me agacho frente a ella y le doy la espalda.– ¡Súbete! Ya te llevo yo.
-No sé... igual peso... y no quiero... –dice ella ligeramente cohibida. Yo la miro de nuevo y le repito que se suba, que a mí no me molesta llevarla.– Está bien. Gracias. 
La verdad es que he decir que no pesa casi nada y a mí tampoco es que me importe demasiado tener a una chica de preciosos ojos verdes, sonrisa cálida y el vestido que... que... ¡Oh, mierda! ¡Céntrate, Sam! Seguro que he estado en situaciones más complicadas que esta y no has perdido tu pose de tío-chulo-y-pasota. A ver que piense... ¿que hago para calmarme y no pensar? ¡Ya sé! Contaré, vamos a ver: 1, 2, 3, 4, 5, 6...
-Gracias. –me suelta con otra de sus maravillosas sonrisas que me embrujan.- ¿Sabes una cosa?
-No. ¿Qué? –pregunto, con la esperanza de que una conversación banal me centre de nuevo.
-Eres la persona más buena que he conocido nunca. –¡Ay mi madre! Y me suelta eso así, sin más. ¿Es que esta chica no tiene vergüenza ninguna? ¿Pero con quien cree que esta tratando? ¡Soy un adolescente de 16 años! Un poco de compasión.– ¡Mmmm! Tu espalda es tan cálida.
Y tú hueles a jazmín, pienso, pero no hablo porque la maldita timidez y mi pose de “tío duro” me lo impiden. 7, 8, 9...
En esto que llegamos a casa, abro la puerta con mi llave y dejo a la chica en el sofá del comedor. Le informo de que voy a buscar refrescos y algo para curarle el pie, aunque ella insiste en que no necesita nada. Mientras le curo el pie, la chica me cuenta como ha acabado en casa de mi abuelo. 
-Y ahí es cuando me encontraste en el bosque. –finaliza.– ¡Por cierto! Me llamo Elisabeth Romero Muntesconi, pero me puedes llamar Elisa a secas.
-Pues yo me llamo Sam Rodríguez Gebat, llámame como te de la gana. –le respondo con demasiada brusquedad, pero me doy cuenta que he sido algo borde y me rectifico.– Esto... encantado de conocerte. 
-Oye... Sam ¿puedo preguntarte algo? –dice con mirada curiosa.
-Claro. Dispara. –le contesto con la sonrisa picara que me caracteriza.
-Yo... a mi me gustaría saber... ¿Por qué vives con tu abuelo?
Y la pregunta me deja parado, hubiera esperado cualquier otra pregunta, menos esa. Hace 10 años que nadie me lo preguntaba, aunque supongo que es normar después de haberme contado lo de sus padres querrá saber que ha sido de los míos. Normalmente no le contaría a nadie “eso” (solo sabe ni Héctor) pero por alguna razón, que todavía desconozco, cuando le miro a los ojos y veo esa inocencia y curiosidad que brota de ellos me convenzo. 
Y entonces le cuento mi historia, desenterrando aquellos dolorosos recuerdos de soledad y desesperación que sentí hace diez años.