35730660-1 Alas de agua: Prólogo (parte I)

21 de octubre de 2012

Prólogo (parte I)

El sol se filtra poco a poco entre las cortinas de mis aposentos. La tenue luz me desvela por completo, abro los ojos y observo a mi alrededor. Mi lecho de finas mantas de seda rosa (con dosel del mismo color), paredes pintadas con hermosas flores silvestres, la cantidad de incontables joyas y hermosos ropajes enfundados en maniquíes y apoyados en sillas o  la habitación de dimensiones astronómicas son algunas de las muchas cosas que reflejan mi importante posición en la sociedad. Con una mirada cualquiera diría que todavía sigo durmiendo y que me encuentro dentro de un cuento de hadas.
Pues la verdad es que es así.
No me refiero a que sigo dormida, si no al hecho de que vivo en un cuento de hadas, literalmente. De hecho, es algo que tengo muy presente desde pequeña: todos los humanos desearían algo como lo que yo tengo. Dinero, poder, un pueblo que me adora a mi y a mis padres y sí, porque negarlo, lujo. Mucho lujo. Bueno, supongo que es natural que haya lujo en la habitación de la princesa elfo del reino de los etéreos.
Eso es algo con lo que he nacido, la responsabilidad de honrar a mi pueblo con el ejemplo de una persona perfecta. Porque en un mundo en el que con un chasquido de dedos puedes ordenar tu cocina o que tu cabello sea del color que deseas, ser la perfección en persona y un modelo a seguir para todos los demás cuesta lo suyo.
Y es que sobre mis hombros recae la responsabilidad de ser perfecta en un mundo en el que todos pueden serlo con facilidad. 
Me levanto de la cama con la delicadeza que le corresponde a una elfo de la realeza y, con gran delicadeza, llamo a mi fiel sirvienta para que me ayude a vestirme con ropajes veraniegos llenos de flores amarillas y con una corona de amapolas. Y, como todas las mañanas, peina con mucha destreza y sumo cuidado mis largos cabellos color oro.
- Hoy es un gran día para usted, señorita Marie. -comenta despreocupadamente mi súbdita.- He oído a sus majestades comentar algo acerca de la inesperada visita que el duque Trichoa y su esposa planean hacer esta mañana y, según tengo entendido, la duquesa le tiene un gran aprecio, milady.
- ¡Oh! Vaya, no esperaba su visita. -Y eso es verdad. No, no esperaba la visita del prepotente duque ni de la empalagosa duquesa. Pero mis opiniones sobre ellos no contaban para nada y era mi deber como princesa del reino mágico mostrar mi faceta de perfecta anfitriona. Así que, mintiendo de forma descarada y con una gran sonrisa en el rostro dije lo que ella esperaba que dijera, lo que cualquiera hubiera esperado.- Será un gran honor para mi honrar su presencia al castillo real. Creo que le sugeriré a la duquesa visitar nuestro hermoso jardín mientras el duque hable con padre. ¿Creéis que obraré correctamente con tal proposición, Rachel?
-Seguro que sí, milady. -Hace una pausa para colocarme la corona de amapolas en la cabeza y se aleja lentamente para comprobar que no hay nada fuera de sitio en mi imagen.- Esta usted realmente hermosa y encantadora, como todos los días.
-Gracias, Rachel. -le digo a mi sirvienta fingiendo agradecimiento mientras veo el reflejo de mi rostro en el espejo.- Esos es todo. Creo que bajaré ahora mismo a desayunar.
Supongo que la mayor parte de vosotros, por no decir todos, pensareis que ahora es el momento en el que entro en el comedor de grandes proporciones y decorado con gusto exquisito, donde me esperan importantes duques, duquesas, ministros y personajes de gran interés en el mundo feérico. Pues la verdad es que es muy probable que las dimensiones del comedor se asemejen a vuestras imaginaciones,  así como la ostentación de la decoración de la sala, pero no la gente que se encuentra en ella.
La verdad es que siempre tomo mi almuerzo solamente acompañada por la silenciosa presencia de John, mi mayordomo personal; la mirada de aprobación de Rachel al ver como me desenvuelvo entre 4 tenendores y cucharas de plata tan solo en el almuerzo; el ir y venir con elegancia de Trevor, el duende camarero y la imperceptible presencia de dos enormes troles en cada una de las dos puertas de la sala a modo de guardaespaldas.
Aunque si es cierto que tengo lo que muchos quisieran tener, hay algo que nunca he tenido: amistad o amor. En el mundo en el que vivo, se la realeza significa ser distinto a los demás, ser superior. Ello implica que tus súbditos deben verte como una persona cerca a ellos pero a la vez distante y diferente. Es por ese motivo que no me permito, ni se me permite, dejar de ¨actuar¨ de forma perfecta y amable.
Acabo de desayunar y me dirijo al salón de recibir visitas. Esta estancia es más ostentosa, si se puede, que todo el resto. Porque es aquí donde recibimos a los duques, duquesa, miembros del consejo o personajes ilustres de la sociedad. En él se encuentran dos criados y una criada arreglando la sala para el momento de recibir visitas. Al entrar, todos me miran y exclaman un silencioso y ya común ¡Oh! de fascinación. Y como cada mañana todos se apresuran a hacer la correspondiente reverencia y salutación:
-Buenos días tenga usted, señorita. -dice uno.