35730660-1 Alas de agua: Prólogo (parte II)

28 de octubre de 2012

Prólogo (parte II)

Y como cada mañana todos se apresuran a hacer la correspondiente reverencia y salutación:
    -Buenos días tenga usted, señorita. -dice uno.
    -Que hermosa se ve hoy, princesa. -comenta otro.
    -Milady, se ve de muy buen humor hoy. -constata la otra.
Menudo rollo, pienso, otra vez lo de siempre. Así que, pongo mi mejor sonrisa de elfo real y con mucha amabilidad digo lo que esperan que diga.
   -Buen día. -respondo- Tenéis razón, estoy de buen humor, Constantinie. Resulta que corre el rumor por palacio que los duques Trichoa vendrán de visita. Y a mí me es muy agradable la compañía de la hermosa esposa del duque. –mientras me siento en la butaca color salmón con flores bordadas a mano que ocupo siempre, miro a mí alrededor. No veo a mis padres por ningún lado.
         – Constantinie, ¿sabe si el rey o la reina despertaron ya, por casualidad?
   -Me parece que sí, señorita. –me responde de inmediato.– La  reina esta terminando de tomar el almuerzo en su comedor privado y su majestad esta en la biblioteca de la segunda planta desde hace un buen rato repasando asuntos de estado. –informa– ¿Quiere que les comunique algún hecho, milady?

-No es necesario. –respondo de forma recatada con la sonrisa que les dedico siempre a los miembros del servicio– De todas formas, gracias por darme esa información, Constantinie. –de pronto aparece William, el mayordomo de la familia real, anunciado la tan esperada llegada del duque y la duquesa.

Entran a la sala el duque Trichoa acompañado de su mujer, la duquesa. El duque tiene el aspecto del típico comerciante, solo que con más elegancia y con el estómago más abultado por las grandes cenas que oficia en su casa. El señor Trichoa tiene un carácter bastante grandilocuente y un temperamento muy arisco y malhumorado. La duquesa parece menudita a su lado, aunque ella también esta de buen año, y llevaba consigo su collar de perlas brillantemente autenticas y su boa de plumas de color rojo, en un intento de parecer sofisticada y que haría gritar de dolor a cualquier modisto que se preciase. 
-Buenos días tenga, milady. –me dice la duquesa. 
-Buen día, hermosa princesa Marie. –saluda el duque acompañándolo con una reverencia formal, seguramente ansioso por dejarse de formalismos y hablar de si mismo o preguntar por el rey.–  Venimos de visita a ver a su majestad, debo tratar con él unos asuntos sobre el consejo. ¿Sabe donde puedo encontrarlo, señorita?
-Cariño, no seas maleducado. –dice alarmada su esposa.– La señorita Marie no tiene por que saber en donde anda su majestad.
-¡Oh! No se preocupe señora Trichoa. –comento con mi mejor sonrisa de conciliación y con un tono amable– De hecho el rey esta en la biblioteca del segundo piso, arreglando asuntos de estado.
-De veras lo lamento, princesa. Mi marido es demasiado brusco. –se disculpa mientras ve alejarse a su marido.
-No importa. –bueno, ahora me toca entretener a la duquesa– Sabe, estaba esperando su llegada a palacio, señora Gloriette. Uno de nuestros jardineros me informo ayer que la fuente y el estanque de la parte norte del jardín ya están terminados. Quería verla para que me aconsejara sobre que flores poner alrededor de esta, ya que yo me encargo de esos temas. 
-No es por presumir, pero tengo fama de tener un excelente gusto para las flores. –presume ella.– ¿Cree que sería posible para mí ver la fuente, señorita Marie?
Después de enseñarle la fuente a la duquesa y recibir instrucciones sobre diferentes plantas que poner para decorarla, que nunca se llevarán a cabo, consigo que madre la entretenga con sus comunes charlas sobre ropajes, joyas o servicio mientras toman una taza de café en la sala de visitas. Le pregunto a mi fiel Rachel si la reunión del consejo ha empezado ya a lo que ella contesta que sí.